Iluminaciones de un interludio

En el año 2012 tuve la oportunidad de conocer a varios de los creadores que conforman la muestra Interludio, gracias a un visionado de portafolios organizado por PhotoEspaña en San José de Costa Rica. Luego de aquel encuentro escribí y comenté que la mayoría de sus propuestas trazaban una inquietante dimensión para la fotografía latinoamericana, focalizadas en una reflexión en torno a los limbos individuales y colectivos dentro de un orbe en apariencia hiper- comunicado: surgían el paisaje y el cuerpo como relato y soporte, la ausencia y presencia de las estructuras de la ciudad, los reveses del territorio y la memoria oculta del pasado; el viaje como vínculo entre el afuera y el adentro, el sueño serpenteando en las alteraciones de la realidad; la soledad y la ruina, el vacío como puntero de la historia, la contaminación y el infierno de bucolismos figurados junto a las contradicciones del progreso y las variables recónditas de la historia personal como punto único, ilación suspensa de esas nuevas dramaturgias que ya se anunciaban en un mundo plagado por bitácoras evanescentes y conflictivas cartografías.

Luego de ocho años y frente a la voluntad de reunión que hoy nos convoca, no dejo de asombrarme por el poder que anida en cada una de las representaciones que forman parte de sus procesos de trabajo. Al verlos y constatarlos el tiempo se desplaza, se ramifica en millones de interludios posibles, aperturas de una imagen y persistencia en el decir que trascienden la estridencia de un complejo siglo XXI que hoy nos confronta con una pandemia sin precedentes, convirtiendo los enlaces de aquella pujante mirada global de la cyberdemocracia en un extraño intersticio pleno de preguntas, temores, suspensiones e incertidumbres.

Las imágenes y los trabajos aquí convocados de algún modo ya conocían de esa trama amplia, ignota, percibida y olvidada por la ansiedad de los conflictos, una huella que la polución mediática volvió inaprensible. Frente a la calina de nuestro mundo contemporáneo, estos artistas ya trabajaban sobre las poéticas de una memoria que intentaba desplazarse, elevarse, desprenderse de esa avenida común donde se atropellan las iconografías manipuladas al extremo.
Siempre profundizaron con sensible tenacidad en las señales de ese instante particular, hurgaron en un lugar más pequeño y no por ello menos trascendente, construyeron un cercado prolífico donde las poéticas de lo individual surgieron con empeño para manifestarse en torno a las verdades y fisuras de lo humano en medio de la crisis y el caos mundial. El interludio es una pausa activa perteneciente a las estrategias de la composición musical.  Consiste en una especie de suspensión armónica que en ocasiones antecede al drama y en otras se intercala como una presencia única entre dos grandes momentos críticos, incitando,
acompañando al diálogo, avivando la reflexión o amortiguando la emocionalidad surgida por el movimiento de todo aquello que sucedió, por el presentimiento de todo lo que está por venir. El interludio es una detención dinámica, un puente modesto y perspicaz que también sirve para renovar sonoros ramales en los despliegues de un antes y un después.

Hoy, volvemos a encontrarnos en esta exhibición online, un tiempo otro donde para todos sin excepción, lo extenso se volvió exiguo y lo prolongado, breve. Nos volvemos a mirar desde un lugar donde los muros, las formas, las conexiones y las perspectivas cambiaron por completo de la noche a la mañana. Desde este nudo de certezas perdidas que transitan al borde de lo inconcebible, estos artistas han tendido un puente. Su interludio es una manivela en movimiento que en medio de las altisonancias que transitamos, se ha convertido en iluminación, cadena de enlaces y bifurcaciones intangibles donde el gesto se volvió acción, obra; testimonios de un vínculo y sustentos de una imagen que tal vez puedan devolvernos a esa mirada pendiente que aún tenemos sobre nosotros mismos.

Lorena González Inneco