Preludio del destierro

Trabajar en las fronteras, en los bordes, en ese espacio que está a punto de ya no ser o de ser otro. Estar en el abismo, próximos a dar un paso sobre un mapa semejante pero desdibujado. Habitar la incertidumbre y desde allí esperar. ¿Qué forma tiene la espera? Respirar hondo, en una bocanada llenarse los pulmones como si uno fuera a sumergirse en aguas profundas. Hay una calma tensa allá afuera, mientras obligados habitamos el adentro. ¿Qué forma tiene el adentro? Mirar alrededor, detenerse en la fortuna y la miseria de la que están hechas todas las vidas cotidianas. Sin mayores elucubraciones reconocer un pie delante del otro sobre el piso de una habitación infinitas veces transitada. Estirar la mano. Extender los dedos. Tocar algo. ¿Qué forma tienen los cuerpos?

Ir detrás del artificio del nuevo simulacro ensayado. Recoger los fragmentos para dar lugar a algo genuinamente nuevo. Curar la herida en la promesa de que la cicatriz sea profunda y no desaparezca. Convertirla en la huella que nos devuelva la memoria en breves destellos de dolor y belleza. Ante el peligro de extinción, el refugio. Ante el riesgo del último gesto del mundo, la mirada, la lente y la crónica. Devolver el tiempo a aquello que no disponía de tiempo. Recuperar imágenes del pasado para enunciar una realidad que observamos desde nuestro íntimo ser situado. La evocación poética para decir lo que realmente es y todavía no somos capaces de visualizar. Estar, por primera vez, plantados.

Todo aquello que sabíamos ya no es. Todo aquello que conocíamos ya no es. Habitamos el interludio de la pieza dramática, ese devenir que fluye entre segmentos. El del pasado con sus referencias que se juegan entre la lección crítica y la añoranza. El del futuro que creíamos potencia transformadora y arrolladora, y tan solo unos meses después nos deja nuevamente en jaque, en medio de arenas movedizas crecidas como médanos en nuestras propias casas, bajo nuestros propios techos, paralizando nuestros propios pies y tapando con sus partículas volátiles el mínimo mundo de cosas propias utilitarias o fetiches que nos rodean. En solitario. Reconociendo la urgencia de lo colectivo. En un silencio poblado por miles de gargantas mudas aullando, gritando, entonando, susurrando, callando sus horrores y sus esperanzas. Aquí, en la frontera, en el borde de un silencio habitado.

Celina Hafford