Interludio

En estos últimos meses donde el tiempo parece haberse detenido, donde la espera de muchos ha coincidido con la urgencia de otros que han visto la muerte de cerca, el arte se manifiesta como algo más necesario que nunca. Esa capacidad de resiliencia del arte, y de resistencia también, en medio de la incertidumbre, de la desolación, nos sobrecoge. El arte nos da sosiego, nos permite un respiro.

En la exposición Interludio me rencuentro con la obra de estos artistas ocho años más tarde, en una nueva realidad que, a la fuerza, nos toca asumir. No tiene nada que ver el contexto de este reencuentro con el de entonces, pero su obra sigue llevándome a otros caminos posibles, a otras maneras de mirar.

Alberto Báez me hace mirar al cielo, el mismo cielo que comparte México con España, a distintas horas. Es la capacidad de la fotografía por hacernos sentir partícipes de ese mismo universo, que ahora se nos vuelve tan inmenso y poderoso, frente a la fragilidad humana. Ese mismo cielo que me transporta, como a Arturo García Trinidad, a mi infancia. Porque si a algo nos ha dirigido esta pandemia, es a repensarnos y recordarnos, como lo hace también Aglae Cortés, retomando un
archivo familiar que nos sitúa ante la conciencia del yo y del otro a través del tiempo. Julia Murillo lo hace a partir del reflejo de nuestra imagen proyectada en un espejo.

Las ventanas de Daniela Schneider de 2014 y 2016 recobran toda su actualidad. Algunos elementos de nuestra cotidianidad adquieren nuevos significados ahora. En concreto, las ventanas nos han protegido del exterior, pero, al mismo tiempo, nos han hecho mirar hacia fuera de otra manera. Como nos han abierto, también, a establecer nuevas relaciones personales con aquellos que a pesar de tenerlos tan cerca, ni habíamos reparado en ellos. Nuevas relaciones verticales y frontales con nuestros vecinos a los que sentimos antes tan lejos.

Los espacios públicos de Eduardo Carrera han adquirido también nuevos significados. Nunca imaginé ver la Gran Vía madrileña desierta, los parques infantiles vacíos y las piscinas sin bullicio. Un silencio ensordecedor, en ocasiones terrorífico, apagó la vida de esos lugares, que ahora, en esta nueva “anormalidad”, nos toca redefinir. Espacios también urbanos, que han mantenido sus neones y luces para alumbrarnos, cuando todo parecía oscuro, como los que capta Adrián Portugal, y que nos guían y animan a seguir hacia delante.

En este interludio de tiempo hemos necesitado, igualmente, volver a nuestros orígenes, a nuestros ancestros; a la raíz de nuestras culturas sobre las que la humanidad ha cimentado las civilizaciones. Fabián H. Mena nos invita a reflexionar sobre nuestra intra-historia, a través de la ruina, del vestigio, con la que construimos nuestra memoria histórica. Un mismo proceso de contemplación al que también invita Xtabay Alderete con su breve ensayo sobre la belleza, los
fenómenos atmosféricos y el paisaje, necesario en este proceso de sanación que iniciamos tras la catástrofe. Encontrarnos de nuevo a nosotros mismos a través del subconsciente o del sueño, mal sueño, como sugiere Nicolás Janowski. Iniciamos un camino de rehabilitación que espero nos ayude a reconciliarnos, necesariamente, con el mundo natural y animal que nos rodea, como elementos todos de un mismo Cosmos en el que nos complementamos, como sugiere la
obra de Leslie Searles sobre la Amazonía.

La huella de un cuerpo en un colchón de Alejandra Mastro nos habla de la ausencia, a la que nos hemos visto obligados a asumir en muchas familias de la noche a la mañana, de forma inesperada. Vacíos que tratan de llenar los obituarios de Roberto Tondopó a través de la imaginación y el recuerdo personal que aportamos cada uno de nosotros. Fotografías que cuando se pierden, quedan de alguna forma inmortalizadas a través de nuestros recuerdos, que es sobre lo que versa el proyecto de investigación y de recopilación llevado a cabo por Juan Carlos López Morales.

Muchos hemos sentido por primera vez la muerte cerca y hemos tomado conciencia real de ella. Esta pandemia nos ha hecho sentirnos más mortales que nunca en una especie de juego de azar que a cualquiera nos ha podido tocar por un virus caprichoso al que no ha frenado las fronteras. Ante la muerte todos somos iguales. Esa conciencia del fin nos ha hecho también más humanos y nos ha obligado a doblegarnos, en nuestra existencia finita, como habla el trabajo de Paola Spalletti. Pero morir para después nacer, o crecer para morir y volver a nacer, es esa existencia cíclica a la que nos transporta el proyecto de Nicolás Van Hemelryck.

La exposición Interludio es un breve paréntesis en el tiempo, en este tiempo ya de por si detenido; en este tiempo de espera, sin vuelta atrás, que nos ha de resituarnos hacia un nueva manera de vivir la vida.

Ana Berruguete